sábado, 19 de marzo de 2011

EL VAIVÉN


Las palabras me evaden mientras los espectadores me aplauden.
Pierdo el sentido a la vez que contemplo lo sucedido.
Congelada y estancada en un estado catatónico doy dos pasos atrás con la esperanza de hacer algún acto heróico.
"¡Esconderme!", pienso, eso debo de hacer; sonrío y demuestro todo mi placer.
Busco refugio pero oigo una llamada, "No te vayas.", me dice a través del altavoz, "Anda, supera tu batalla."
Resignada me decido por participar en su balada.
La dulce melodía en la que siempre quedo perdida.
Me siento aturdida, con Chopin de compañero y Beethoven de aficionado; entre estos dos grandes amores me sorprende no haber asfixiado.
Finaliza el tango, "¿¡Y ahora... qué hago?!".
Me despido, "solo una mirada final a la audiencia", me repito.
Aprovecho el instante, mientras tanto, todos aprecian mi arte.
Entre la multitud, lo identifico, contemplo su mirada.
Intento acertar su expresión tan amada.
"¿Qué pensara? ¿Le habrá agradado mi experimento en la literatura musical?”, replico.
Acepto las consecuencias, me rindo ante el éxito; siempre dudando el potencial que he heredado de mis ancestros.
Ese hombre, el de los ojos brillantes y poemas al instante.
El hombre que siempre me ha tenido al alcance.
El me observa y me admira.
Me acerco a él y le susurro en el oído, "Tú, que disfrutas mis maromas, nunca tendrás que presenciar mi ausencia. El día que te falle, yo sé, que habrá la posibilidad que te desmayes."
Con eso dicho me marché y ese hombre tan misterioso y silencioso, "¿Qué hay de él?".
Sólo una cosa pudo hacer. Tiró la cabeza hacia a tras y rió una carcajada de las de ayer.

-
Haydée Pabón Rodríguez

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