Las palabras me evaden
mientras los espectadores me aplauden.
Pierdo el sentido a la
vez que contemplo lo sucedido.
Congelada y estancada en
un estado catatónico doy dos pasos atrás con la esperanza de hacer algún acto
heróico.
Busco refugio pero oigo
una llamada, "No te vayas.", me dice a través del altavoz,
"Anda, supera tu batalla."
Resignada me decido por
participar en su balada.
La dulce melodía en la
que siempre quedo perdida.
Me siento aturdida, con
Chopin de compañero y Beethoven de aficionado; entre estos dos grandes amores
me sorprende no haber asfixiado.
Finaliza el tango,
"¿¡Y ahora... qué hago?!".
Me despido, "solo
una mirada final a la audiencia", me repito.
Aprovecho el instante,
mientras tanto, todos aprecian mi arte.
Entre la multitud, lo
identifico, contemplo su mirada.
Intento acertar su expresión
tan amada.
"¿Qué pensara? ¿Le habrá
agradado mi experimento en la literatura musical?”, replico.
Acepto las consecuencias,
me rindo ante el éxito; siempre dudando el potencial que he heredado de mis
ancestros.
Ese hombre, el de los
ojos brillantes y poemas al instante.
El hombre que siempre me
ha tenido al alcance.
El me observa y me
admira.
Me acerco a él y le
susurro en el oído, "Tú, que disfrutas mis maromas, nunca tendrás que
presenciar mi ausencia. El día que te falle, yo sé, que habrá la posibilidad
que te desmayes."
Con eso dicho me marché
y ese hombre tan misterioso y silencioso, "¿Qué hay de él?".
Sólo una cosa pudo hacer.
Tiró la cabeza hacia a tras y rió una carcajada de las de ayer.
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